¿Qué es el stalking? Retrato de una peligrosa obsesión

Es cierto que, cuando hablamos de conductas delictivas en Internet, ponemos el foco en aquellas centradas en obtener un beneficio económico. Pero no hay que olvidar que existen otras, como el stalking, que tienen orígenes e intenciones muy diferentes a las más comunes. Panda Security publica hoy un interesante texto al respecto, y me ha […]

La entrada ¿Qué es el stalking? Retrato de una peligrosa obsesión es original de MuySeguridad. Seguridad informática.

Es cierto que, cuando hablamos de conductas delictivas en Internet, ponemos el foco en aquellas centradas en obtener un beneficio económico. Pero no hay que olvidar que existen otras, como el stalking, que tienen orígenes e intenciones muy diferentes a las más comunes. Panda Security publica hoy un interesante texto al respecto, y me ha parecido interesante hablar un poco sobre esta amenaza que, si bien no sufrimos todos, sí que podemos ser testigos de ella y, si es necesario, actuar en la medida de nuestras posibilidades para mitigar los riesgos a los que se enfrentan las potenciales víctimas.

Lo primero, claro, es entender a qué nos referimos cuando hablamos de stalking. La primera definición que nos da el diccionario es acechar, tal y como hacen muchas especies animales cuando pretenden dar caza a su presa. Y hay bastante de ello en la actitud del stalker, aunque en un determinado momento pueda (y en muchos casos lo hace) pasar a una actitud de hostigamiento hacia su víctima, dando visibilidad a sus acciones y, claro, pretendiendo obtener su recompensa por el «trabajo» llevado a cabo durante semanas o incluso meses.

Un stalker es, en resumen, una persona que experimenta un interés obsesivo (el grado de esta obsesión es variable, claro) por una persona que tiene un perfil público. Así, esta persona, a medida que vaya desarrollando su obsesión, empezará a buscar diferentes vías para obtener más información sobre su víctima. En primera instancia, claro, el stalking se limitará a recabar toda la información disponible en los perfiles sociales (Twitter, Facebook, etcétera) de esa persona y, muy probablemente, también buscará su nombre en Google, al acecho de más información, imágenes, etcétera.

Si el stalking comienza y termina aquí, no estamos hablando de un problema serio, la curiosidad forma parte de la naturaleza del ser humano, y hasta este punto se ha limitado a buscar información que ya es pública sobre esa persona. Distinto caso es si, en este punto, ha descargado y guardado imágenes, tomado notas sobre las averiguaciones que ha hecho y demás. En este caso ya no estaríamos hablando de interés o curiosidad, sino de lo que podrían ser los primeros pasos hacia un patrón de actuación bastante más preocupante.

El siguiente paso en muchos casos, y que sí que señala claramente que el stalker siente algo más que curiosidad, es pasar a la fase de cruzar datos, con el fin de encontrar más vías con las que alimentar su necesidad de información. Y aquí es necesario plantear un punto importante:

¿Quién puede sufrir stalking?

Es común asociar este tipo de conductas con grandes estrellas de las artes, la cultura, la comunicación y el entretenimiento… incluso de la política. Pero, en realidad ya lo indiqué al principio: «persona que tiene un perfil público». Y esto es igual de aplicable a Katy Perry que a un youtuber con unos cuantos cientos de fans. Por poner un ejemplo cercano, una buena amiga, Anaïs, streamer en Twitch con una comunidad de algo más de 10.000 seguidores, ha vivido en primera persona ser víctima del stalking. Y es una historia que repite infinitas veces.

Con este ejemplo lo que quiero dejar claro es sí, existe una relación directamente proporcional entre el nivel de popularidad de la potencial víctima y la cantidad de stalkers que pueden aparecer a su alrededor. Pero eso no debe llevarnos a deducir, erróneamente, que la situación es potencialmente menos peligrosa en función del nivel de popularidad, ya que los pasos que puede llegar a dar el stalker no vienen condicionados por la popularidad de su víctima, sino por el nivel de obsesión que haya llegado a desarrollar por ella.

Y aquí se da una circunstancia interesante: la proximidad puede actuar (y en bastantes casos lo hace) como gasolina para la persona que ha desarrollado la conducta obsesiva. Es decir, que una gran celebridad (volvamos al ejemplo de Katy Perry) puede tener una legión de stalkers a su alrededor, pero estos no van a ver tantas «señales» que posteriormente podrán malinterpretar (accidental o intencionadamente) como el stalker que ve su nombre en los títulos de crédito de un vídeo o es saludado habitualmente en un directo.

Dicho de otra manera, las grandes celebridades pueden ser víctimas del stalking en mayor medida que las de menor grado, pero estas últimas, debido a su mayor grado de interacción con los stalkers, pueden enfrentarse a actos que puedan violentar más su intimidad. Principalmente debido a que cuentan con más elementos que pueden emplear para construir su fantasía personal, el relato con el que suelen justificar sus actos, amén de que es probable que puedan llegar a averiguar más sobre la persona en la que se centra su obsesión.

Stalking: fase 2

Como ya comentaba antes, la primera línea roja que se cruza en el stalking es empezar a cruzar datos. Esto ya denota un interés por ir más allá de lo que la persona stalkeada desea hacer público. Por ejemplo, la combinación del nombre completo de la víctima, el lugar en el que vive y su fecha de nacimiento, pueden ser empleados para intentar averiguar dónde estudió esa persona. Y, con ello, explorar las redes sociales, principalmente Facebook, para buscar grupos de dichos centros, de viejos alumnos, etcétera.

Esto se puede hacer con dos finalidades, que no son excluyentes: el simple interés de obtener más información, o (y esto es todavía más peligroso) intentar dar con otras personas que sean cercanas a la persona acosada. Esto, en muchas ocasiones, atiende a un fin muy concreto: localizar los perfiles sociales «privados» de la víctima, con el fin de intentar averiguar más sobre la misma, si bien tampoco se descarta la posibilidad de averiguar más de manera indirecta, es decir, a través de sus personas (más o menos) cercanas. En este punto, el hostigador aún seguirá justificando el stalking, tratándolo como «simple curiosidad».

Es llegado este punto cuando, como se menciona en el texto de Panda Security, el acosador puede empezar a adoptar técnicas ya totalmente ilegales: suplantación de identidades, intentar acceder por todos los medios a cuentas de correo electrónico y redes sociales, envío de troyanos para intentar tomar el control del ordenador o el teléfono móvil de la víctima… A medida que el grado de obsesión va creciendo, también lo hace la necesidad de saber más, aunque sea adoptando medidas no ya poco éticas, sino claramente fuera de la ley.

Cerebro

Sesgo de confirmación

Puede parecer sorprendente, pero llegado este punto muchos stalkers no solo no creen estar haciendo algo malo. Al contrario, se sienten orgullosos y hasta aspiran a un cierto reconocimiento por el stalking. Reconocimiento, claro, por parte de la víctima, que debería valorar y agradecer sus esfuerzos en base a la motivación que haya generado los mismos: admiración, atracción, intereses afectivo-sentimentales, etcétera. Fruto de una percepción cada vez más distorsionada de la realidad, magnifican su lectura de los hechos y minimizan o ignoran todo aquello que vaya en contra de tal interpretación.

Es posible que, en este punto, puedan surgir roces entre acosado y acosador, puesto que, dado que éste no ve nada inadecuado en el stalking, es posible que empiece a hacer uso en sus interacciones con la víctima de aquello que haya averiguado. Algo que, claro, será percibido como extremadamente preocupante y negativo, y que puede dar pie a una respuesta hostil que sorprenderá al stalker, que en su distorsionada percepción de la realidad puede no llegar a ser consciente de lo reprobable de su actitud.

Es importante aclarar, eso sí, que no todos los acosadores se ajustan a este modelo. También hay personas que son conscientes, desde el primer momento, de lo incorrecto (y en bastantes casos ilegal) del stalking, pero pese a ello deciden seguir adelante, sea con las intenciones que sea. En este caso, y entendiendo la enorme complejidad y los infinitos matices del término, probablemente estemos hablando de personas con un cierto nivel de psicopatía. En este caso, y dado que son son conscientes de las implicaciones del stalking, actuarán de una manera mucho más discreta, enmascarando sus acciones para pasar desapercibidos y no generar sospecha.

Stalking más allá de la red

Y llegamos al punto crítico del stalking, el momento en el que toda la información obtenida durante la «investigación» es empleada para el fin perseguido la inmensa mayoría de las veces: forzar un encuentro con la víctima. Principalmente son dos las presas de caza mayor que el stalker desea cobrarse de esta cacería: número de teléfono y dirección de residencia. Sea «a buenas o a malas», el acosador está convencido de que su razonamiento es correcto, y piensa que solo ha de compartirlo con la víctima para convencerla y firmar la historia con un final feliz.

Obviamente, la realidad tiene poco o nada que ver con ese relato. Tanto una llamada de teléfono como un encontronazo planificado en la calle son un elemento tremendamente perturbador para la víctima, que puede llegar a experimentar una extrema sensación de inseguridad, algo que en según que casos puede llegar a traducirse incluso en el fin de su actividad pública. Y, claro, a la necesidad de algún tipo de terapia para superar el trauma que esta experiencia pueda haber llegado a producir.

El stalking, en resumen, no es ninguna broma. Violentar la privacidad y comprometer la seguridad de una persona, por público que sea su perfil, supone en no pocos casos vulnerar la ley y es, por lo tanto, un delito punible. No es, pese a que haya personas que así lo consideran, una demostración de cercanía, admiración o afecto. Es, en la inmensa mayoría de los casos, reflejo de una obsesión que debe ser identificada y corregida antes de que sea necesario lamentar sus consecuencias.

Privado

¿Cómo prevenirlo? ¿Cómo actuar al detectarlo?

Tu secreto es tu prisionero, si lo sueltas tú eres su prisionero. El stalking se alimenta de todos aquellos datos personales que puedas facilitar, si bien algunos tienen más peso que otros. No es lo mismo, por ejemplo, contar que vives en una ciudad que si lo haces en un pueblo. Tampoco es lo mismo contar qué has estudiado que detallar dónde lo hiciste. Y tampoco tiene las mismas consecuencias que diga a qué te dedicas a que especifiques dónde lo haces. Hay una diferencia abismal entre que reveles tu nombre de pila y que hagas públicos tus apellidos.

En algún caso he visto, en los perfiles sociales de Youtubers y streamers, fotos en sus centros de trabajo (cuando su actividad pública todavía no genera los ingresos suficientes como para dedicarse a ella en exclusiva), cuentas y perfiles sociales antiguos (seguramente abandonados hace ya tiempo) con información personal, perfiles «privados» fácilmente localizables… Es fundamental realizar un análisis exhaustivo de todas las huellas que, con los años, hayamos podido ir dejando en internet, con el fin de eliminarlas de manera definitiva.

También es importante que nos preparemos frente a posibles ciberataques en el contexto del stalking. Para tal fin se aplican con más énfasis que nunca las recomendaciones relacionadas con las contraseñas, las autenticaciones en dos (2FA) o más pasos (MFA), así como emplear alguna solución de seguridad que combine antimalware y firewall para prevenir ataques basados en troyanos y amenazas similares.

Es más que recomendable desligar por completo los perfiles públicos de los privados en las redes sociales. Es un error común, cuando se dan los primeros pasos hacia la popularidad, estrechar este tipo de relación, pero hay que mirar siempre a largo plazo y entender que, en realidad, al hacer eso estaremos comprometiendo nuestra seguridad en el futuro. Así, además de dificultar que sean encontradas, también tendremos que emplear todas las funciones de privacidad que cada una de ellas ponga a nuestro alcance.

Y no debemos olvidar a las personas cercanas. Tarde o temprano es bastante probable que un stalker pretenda valerse de ellos para intentar acercarse a la víctima. Puede no parecer necesario, pero en realidad es más que recomendable hablar con esas personas, informarles sobre los riesgos que plantea el stalking y, de esta manera, sumarlos a la línea defensiva que hay que trazar para hacer frente a esta amenazas. Y es que así no solo evitaremos filtraciones accidentales, sino que contaremos con los mismos como red de sensores, capaces de detectar cualquier iniciativa de este tipo.

El stalking no es ninguna broma, hablamos de una amenaza que debe ser tomada muy en serio y frente a la que es imprescindible adoptar todas aquellas medidas que están a nuestro alcance. Da igual si tenemos diez, diez mil o diez millones de seguidores, en el momento en que tengamos un perfil más o menos público, será también el momento de empezar a tomar medidas para protegernos.

La entrada ¿Qué es el stalking? Retrato de una peligrosa obsesión es original de MuySeguridad. Seguridad informática.